Le hablo a todos mis bien amados lectores anónimos. Y también a los nónimos.
Ya lo dijo Pech, y sí, es cierto, a cada rato me azoto como solterona siciliana y llorona en este espacio. Y lo seguiré haciendo, me vale madre lo que me digan o me comenten. Al fin y al cabo, como dice la columna de la derecha, mi blog me sirve como un enorme desahogo emocional… a veces escribo otras cosas, pero básicamente es esto: una válvula de escape para todas mis frustraciones.
Si eres lector novicio de este blog tal vez pienses que soy una especie de niño emo que odia su vida, no tiene amigos y se ha intentado suicidar varias veces para llamar la ateción. Y si es así, estás muy equivocado, porque mis venas están intactas y tengo muchos amigos, muchas lindas razones para vivir y mucha fe en el mundo. De hecho, cuando me describo, la palabra optimista siempre se asoma en el discurso.
Soy una especie de Garrik invertido (no lo digo por lo puto): mi arte es trágico y lleno de lágrimas, pero mi vida la paso riendo y disfrutando.
Lo que pasa es que entre mis incontables defectos está el de no poder hablar en privado -uso esta curiosa locución verbal como contraposición al concepto de hablar en público, cosa que se me facilita bastante-: incluso con personas de confianza me cuesta muchísimo trabajo hablar a solas, en privado. Y esto trae como consecuencia que externar mis sentimientos resulta muy difícil, porque aunque sepa que hay personas que me apoyan y comprenden, no puedo hablar con ellas. Se podría decir que lo mío es un pánico escénico a la inversa (o sea, un pánico que, en definitiva, no es escénico).
Entonces escribo. Como Octavio me lo hizo notar atinadamente, soy mejor escribiendo que hablando. Y sí, si de algo me jacto es de escribir bien (y de disfrutarlo). Entonces, repito, escribo. Y al escribir puedo expresarme con una libertad enorme, una libertad que siento sólo cuando estoy en frente de mi computadora con mi teclado en las rodillas y un editor de texto abierto. Y cuando estoy triste, lo cual es muy normal porque, como saben, soy un adolescente homosexual lleno de horribles hormonas que causan acné y pelo donde los niños no tienen pelo (y cambios emocionales), escribo cosas tristes.
No creas, querido lector, que mi vida es una tragedia griega. No lo es, pero, vamos, si la tragedia es más popular que la comedia es por algo: porque de algún modo resulta más interesante a los perversos ojos humanos. Así que como creador literario, escribir sobre mis tragedias personales no sólo me ayuda a desahogarme, sino que me ayuda a cultivar mi arte. Pues, aunque en mis buenos ratos (que son más) al leerme me doy vergüenza ajena (bueno… vergüenza propia), la mera neta del planeta es que hay algunos textos que verdaderamente me gustan y que han tenido al dolor como musa inspiradora.
Sufrir es parte de la vida. Y como dijo Tránsito Ariza: “Aprovecha ahora que eres joven para sufrir todo lo que puedas, que estas cosas no duran toda la vida”. Yo disfruto mi sufrimiento, disfrútenlo también ustedes, que por eso escribo y hago público: para que disfruten.
Los amo.


