Cuenta mi padre y sus hermanos (que son mis tíos, como habrán adivinado), que, siendo ellos niños, jugaban a hacer construcciones (castillos, o torres, o túneles; tal vez de todo un poco… la verdad no recuerdo que era lo que dijeron) en la arena (siempre se me ha figurado que se trata de los montículos de arena que se hacen junto a las construcciones, de la arena que sobró y que espera a ser recogida, aunque podría tratarse de la arena de playa… no recuerdo si especificaron alguna vez).
Cuando la ley de la gravedad hacía de las suyas y dichas construcciones se deshacían bajo su propio peso, mis tíos y padre sólo decían “¡Oh, maravilla… derrumbe!” y seguían jugando.
Esta frase la suelo repetir ante diferentes situaciones, siempre evocando la voz de mi tía Rosita, e imaginándola sentada en el sillón de la casa de mi tío Hector, durante las reuniones navideñas.
Los niños que alguna vez fueron mi padre y mis tíos no lo pensaban (o dudo mucho que lo hicieran) así, pero hay una enseñanza muy valiosa en la anteriormente citada anécdota: los fracasos de la vida también son maravillas y, cuando pasan, lo mejor es admirarlos por un breve tiempo y después seguir jugando.
Alegría: servida.


